Cuanto menos blanco, mejor.
Azúcar, harina, arroz... son un básico de nuestra dieta. Habitualmente hablamos de sus cualidades nutritivas y de los beneficios que aportan, pero a veces se nos olvida un detalle: la mayoría de estos alimentos están refinados.
En este proceso se les somete a una serie de cambios -eliminado algunos de sus componentes - con el fin de mejorar la conservación, abaratar la producción y en consecuencia aumentar su rentabilidad. La mayoría de la fibra, vitaminas y minerales se concentran en las partes desechadas, de manera que el producto final refinado presenta una cantidad mínima de nutrientes en comparación con el alimento natural.
Por poner un ejemplo, el azúcar blanco refinado se obtiene de la caña de azúcar o de la remolacha azucarera mediante procesos industriales. En él se usan productos como: lechada de cal, ácido fosfórico, sacarato cálcio, hipoclorito de calcio, gas carbónico, ácido sulfúrico, carbón vegetal y animal (procedente de huesos y partes óseas de animales) y mecanismos de separación de los distintos componentes, centrifugación y exposición a altas temperaturas que eliminan gran cantidad de micronutrientes, convirtiendo así el azúcar en una fuente de calorías vacías. Sólo aporta energía.
En la harina refinada se eliminan el salvado y el germen del grano, utilizándose únicamente el endospermo. Esta parte es básicamente almidón, un polisacárido que prácticamente carece de micronutrientes y de fibra. Exactamente lo mismo ocurre para el arroz.
El índice glucémico de los alimentos refinados es alto, es decir que se producen incrementos bruscos de glucosa en sangre que contribuyen al aumento del riesgo de padecer diabetes.
¿Cómo sustituirlos en la dieta? La alternativa es fácil: productos integrales.
El azúcar moreno o integral se extae directamente de la caña y no ha estado sometido a procesos de refinado. Así conserva sus nutrientes naturales: hierro, calcio, potasio, zinc, magnesio, sodio, vitamina B1, B2, B3, fósforo y un número menor de calorías respecto al azúcar blanco debido a la presencia de agua en sus cristales.
Nutricionalmente, es más importante el consumo de arroces y harinas integrales (Las cantidades de azúcar que se recomienda consumir son muy bajas y no se aprecia tanto la diferencia). Se obtienen moliendo el grano entero y son ricas en: fibra, vitaminas tipo B, vitamina E, ácidos grasos esenciales, hierro, magnesio, zinc, potasio y manganeso.
El mercado se ha hecho eco de estas nuevas tendencias de consumo, de manera que para hacer más atractivos los productos refinados, éstos se han enriquecido químicamente con algunos nutrientes. Pero sin duda, es más recomendable optar por lo natural. Para ello lo mejor es leer el etiquetado del producto. La harina blanca puede identificarse como "harina", "harina de trigo", "harina refinada" o "harina adicionada". En los productos integrales debe aparecer como "harina integral" o "harina de grano entero"
Es cierto que nuestras papilas gustativas están acostumbradas a los productos blancos, que lo integral sabe "más fuerte" o "diferente" pero es cuestión de ir introduciéndolos poco a poco. El organismo lo agradecerá. Además constituyen una fuente extra muy importante de fibra, necesaria no sólo para regular el organismo sino también para la prevención de enfermedades (por ejemplo, diverticulitis o cáncer de colon)

